Durante casi dos siglos, la nebulosa Helix (nebulosa de la Hélice) ha sido una de las grandes favoritas del cielo profundo. Descubierta a comienzos del siglo XIX y reconocible por su inconfundible forma de anillo –tan llamativa que le ha valido apodos como el «Ojo de Dios» o el «Ojo de Sauron», por su inquietante parecido con el villano de El Señor de los Anillos–, esta nebulosa planetaria es también una de las más cercanas a la Tierra.
Hoy, gracias al telescopio espacial James Webb, ese objeto tan familiar vuelve a sorprender. Una nueva imagen infrarroja del objeto –la más nítida obtenida hasta ahora en este rango–, situado a unos 650 años luz, permite observar con una claridad excepcional los últimos instantes de una estrella moribunda y, de paso, anticipar el destino que algún día aguarda a nuestro propio Sol.
Nebulosa planetaria: los restos de una estrella moribunda
Pese a su nombre, la nebulosa Helix no tiene nada que ver con planetas. Se trata de una nebulosa planetaria, es decir, los restos gaseosos expulsados por una estrella al final de su vida.
Tras desprenderse de sus capas externas, lo que permanece en el centro es una enana blanca: el núcleo denso y extremadamente caliente de la estrella original, cuya intensa radiación ioniza y modela el material que la rodea.
La nueva imagen de Webb, captada por su cámara de infrarrojo cercano (NIRCam), revela con extraordinario detalle las complejas estructuras que emergen de este proceso.
Miles de formaciones alargadas, que recuerdan a cometas con largas colas, se extienden por la nebulosa. Se trata de los llamados nudos cometarios, uno de los rasgos más intrigantes y característicos de Helix.
Según los datos disponibles reportados por Universe Today, la nebulosa Helix contiene alrededor de 40.000 de estos nudos, algunos de los cuales alcanzarían dimensiones comparables –o incluso superiores– a las de nuestro Sistema Solar medido hasta la órbita de Plutón.
Estos pilares parecen formarse cuando los vientos abrasadores de gas caliente de la enana blanca interactúan con capas más frías de polvo y gas que la estrella expulsó anteriormente.
La imagen muestra claramente cómo el material más denso resiste el embate de la radiación, creando estas espectaculares estructuras cometarias.
Los colores de la imagen no son meramente estéticos: revelan la temperatura y la composición química del gas en distintas regiones de la nebulosa.
Las tonalidades azules señalan el gas más caliente, energizado por la intensa radiación ultravioleta en las zonas más cercanas a la enana blanca.
A mayor distancia, el gas se enfría y predominan las regiones amarillas, donde el hidrógeno molecular es más abundante.
En los bordes exteriores, los tonos rojizos trazan el material más frío y difuso, donde el gas comienza a diluirse y el polvo puede agruparse.
Reciclaje cósmico: sembrando elementos para la vida
Este proceso tiene una importancia cósmica fundamental: la estrella moribunda está reciclando su material de vuelta al cosmos, sembrando las futuras generaciones de estrellas y planetas con carbono, oxígeno y nitrógeno, los mismos elementos que hacen posible la vida en la Tierra.
La nebulosa Helix, con una edad estimada entre 10.000 y 12.000 años, se considera bastante antigua para una nebulosa planetaria.
Su estrella progenitora comenzó a desprenderse de sus capas externas hace entre 15.000 y 20.000 años. Durante los próximos 10.000 o 20.000 años, seguirá expandiéndose hasta que su gas se diluya y, al enfriarse la enana blanca, haya menos radiación que ilumine los gases.
Finalmente, unos 50.000 años después de su formación, se dispersará completamente.
El futuro del Sol: destino de nebulosa planetaria
Este es precisamente el destino que aguarda a nuestro Sol. Dentro de unos 5.000 millones de años, nuestra estrella se expandirá hasta convertirse en una gigante roja, desprenderá sus capas externas y dejará atrás una enana blanca, creando su propia nebulosa planetaria.
Será el último suspiro de nuestro Sol, una exhalación estelar que esparcirá material por el cosmos, contribuyendo quizás a la formación de nuevos mundos donde podría surgir la vida una vez más.
En definitiva, la nueva imagen de Webb no solo supera en detalle a las observaciones previas del Hubble, sino que ofrece una ventana privilegiada a un proceso clave del reciclaje cósmico: la devolución de materia al medio interestelar en los últimos compases de la vida estelar, un mecanismo esencial que conecta la muerte de las estrellas con la formación de futuras generaciones de sistemas planetarios.
Editado por Felipe Espinosa Wang con información de ESA, Universe Today y Live Science./DW Actualidad
